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Mi diario y cuaderno de recuerdos

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Yo también escribo para olvidar

Fanny tenía las piernas más largas y la nariz más pequeña que yo hubiera visto jamás; una boca de fresa -o eso pensó él después de probarla- y cientos de pecas de chocolate en la justa proporción para convertir su cara en un mapa aproximado de la perfección. Fanny podría haber sido modelo de Chanel si hubiera querido.

***

Aquella noche, cuando él se bajó del escenario y se perdió entre la gente, sonaba una canción de The Killers y yo me moría de ganas de acercarme a él, cogerle de la mano, mirarle a los ojos y decirle que nos fugáramos a cualquier parte. Me armé de valor y avancé como pude entre la gente que abarrotaba el local, despacio, dibujando las frases en mi cabeza, respirando hondo. Cuando tuve al señor Keats a un par de palmos de distancia y extendí la mano para tocarle la espalda, entonces, en ese preciso momento, apareció Fanny con su sonrisa de anuncio de televisión, sus pecas y sus piernas infinitas. Yo aún no sabía que ella era Fanny, con todo lo que eso implicaba, pero no pude evitar quedarme cerca para escuchar qué se decían mientras maldecía en silencio mi falta de empuje y mi inseguridad. 

- Oye, yo te conozco.

- ¿Sí? Puede ser, no sé. Veo muchas caras todos los fines de semana.

- Seguro que no como la mía.

- Pues…

- ¿A que te he dejado sin palabras? Mira, a ti te han salido los dientes agarrado a una guitarra y yo estoy loca por la música. ¿Tú crees que nos hacen falta más razones?

Maldita Fanny. No necesitó más de dos minutos para estar dentro del coche con él. Desde entonces yo también escribo para olvidar que me llamo Ana.

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Reencuentro en los andenes

Cuando levantó la mirada, lo único que atinó a distinguir en mitad de aquel caos de maletas y despedidas fue su figura inconfundible, sus ojos azules y esa forma de mirar como iluminada por las estrellas más brillantes. Allí estaba, entre sombras y prisas en el andén, apurando un cigarrillo y mirando el reloj. Apenas había pasado un año desde que no se veían, pero habían ocurrido tantísimas cosas que ella habría jurado que hacía varias vidas que sus caminos no se cruzaban.

Ya no era pelirroja, claro que no; y a él se le había olvidado lo de escribir poemas, pero eso era lo de menos. Un par de instantes improvisados y allí estaban de nuevo, perdidos y encontrados en los mismos andenes, empezando otra vez la misma historia.

[…]

- Buenas noches, señor Keats.

- Buenas noches…

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Penúltima carta de Ana a Otto

Otto, queridísimo Otto:

Hoy tengo la fuerza y la entereza para escribirte la penúltima carta. Ahora, aquí, mientras intento calentarme las manos con el humo de este cigarrillo que ya se me acaba. Sí, ahora, en este preciso momento en que la certeza de saberte lejano es más intensa que nunca; ahora que ya ninguno de los dos está mirando, ahora que no hay sol, ni música, ni luz.

Mentiría si no admitiera que hubo un tiempo en que imaginé un final distinto para nosotros dos. Siempre pensé que podría haber alguna manera, algún giro del camino, algún regalo del destino que me diera ese empujón hacia tu lado del campo, pero no ha sido así. ¿Se nos habrán gastado ya todas las casualidades buenas, como en la película? Siendo sincera, me da lo mismo. Ya nunca jugaré a quererte de martes a jueves. Nunca, nunca más, me lo he prometido, Otto.

Nuestros reflejos se cruzarán en algún vagón de la línea 6 de metro, pero yo no te veré, ni tú me verás a mí, porque ya no seremos Otto y Ana, círculos concéntricos que giraron al mismo tiempo, sino dos perfectos desconocidos. Así será y así es como debe ser. Sin lágrimas y sin pena, porque tú nunca fuiste piloto ni a mí me gustaron los viajes en autobús, ni siquiera las malditas casualidades.

Siempre tuya,

Ana

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Adonde quiera que vayas

No importa lo lejos que estés, lo rápido que corras o lo mucho que te escondas; siempre llevarás contigo una parte de ella, Otto, aunque tú no quieras, aunque ahora transites por caminos que ella desconoce. Ser pelirroja no tiene nada que ver con el color del pelo, más bien es una forma de ver la vida, una cualidad del alma. Hay muy pocas chicas pelirrojas de verdad, y ella lo era, ya lo creo que sí, independientemente del color de su pelo. Era pelirroja con todas las de la ley porque podía provocar tormentas eléctricas en el salón comedor con solo una mirada y sabía robar reflejos en las ventanas. Era pelirroja porque le gustaba mojarse con la lluvia, prometer cosas imposibles, jugar con fuego y saltarse las paradas del autobús. Quizá algún día vuelva a serlo, con estas cosas nunca se sabe a ciencia cierta. Mientras, tú seguirás viajando en avioneta por las noches, durmiendo a deshora y esquivando las casualidades, ¿no es así?

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Todo al rojo

Voy a apostar fuerte. Voy a jugar a desmontarte pieza a pieza, como si fueras un puzzle muy complicado, un puzzle de mil piezas… Mil, sí, ni una más ni una menos, como los mil latidos por minuto que me provoca tenerte a pocos centímetros de distancia. Voy a grabarme en la retina cada segundo de tu sonrisa, cada centímetro de tu boca. Voy a recordar el olor de tu cuello cada vez que tenga oportunidad. Tus manos las voy a colocar despacio, pieza por pieza, en mi cintura, porque tanta perfección solo puede ser fuente de pecado, estoy segura. Lo nuestro será algo turbulento, de aquí te pillo y aquí te mato. Voy a apostar todo al rojo, aunque te empeñes en ponerte camisas azules para hacerme perder los papeles. Tú todavía no lo sabes, pero voy a convertirme en tu vicio inconfesable.

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El día que conocí tu verdadera historia

Yo no quería que llegase aquel día, el día en que bajases del pedestal y dejases de ser alguien misterioso, lleno de incógnitas y contradicciones. ¿Sabes?, durante dos meses me inventé cada noche una vida diferente para ti y las guardé todas en un cuaderno. Derramé tantas historias en papel, que en apenas dos meses tuviste más de sesenta vidas. Y yo no quería que llegase aquel día, de verdad que no, porque una vez que conociera tu verdadera historia, ya nunca más te volvería a mirar del mismo modo.

Pero el día llegó, tan inevitable como los fríos de finales de noviembre, y se rompió ese no sé qué que sintonizaba en la misma emisora mis casualidades con tus silencios y que era el combustible de todas mis historias. Fue un golpe rápido, certero, tu voz dibujando un par de detalles que esbozaron tu universo en tan solo unos segundos… Y perdí la noción del tiempo y el espacio, y se desangraron todas las páginas que había escrito, y deseé con todas mis fuerzas no haberte escuchado.

Intenté aferrarme a ese ‘hasta luego’, aunque supe con toda seguridad que en cuanto girase en la esquina se convertiría en un ‘adiós’ irreversible.

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Tu camisa azul

No era el olor de tu cuello, ni la perfección de tus manos; tampoco esa mirada que atravesaba con un corte limpio mi serenidad, ni siquiera tu voz… Era esa maldita camisa azul la que conseguía debilitar todos mis diques de contención. Bueno, esa camisa y Today, de los Smashing, que sonaba en mi cabeza cada vez que te tenía cerca, y que tú, por supuesto, no podías escuchar.

Recuerdo que un día, en un descuido, te besé como si fueras el último hombre sobre la faz de la tierra y tú no supiste ni qué decir. Cuando recuperé el aliento, aún con el pintalabios corrido, acerté a enhebrar la frase más surrealista que he dicho nunca: «La culpable de todo es tu camisa azul, que quede bien claro».

Y ahí me quedé, sentada a tu lado, con cara de idiota, deseando que todo aquello fuera real y no otro de mis sueños.

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Nunca hablaron de luciérnagas

«Esto no es New York, pequeña», le dijo con esa voz que era capaz de atravesar muros de hormigón armado con tan solo un susurro. Inerte hasta ese momento, ella, manojo de casualidades, amasijo de llaves sin clasificar, sintió estremecer cada fibra de su desordenado ser. 

Se limitó a asentir con un gesto. Lo cierto que es no intentaba parecer interesante, ni graciosa, ni frágil, ni nada, y por eso guardó silencio. Sin embargo, esta vez era él quien estaba equivocado. Prefirió no discutirle, aunque aquella calle no podía ser otra que la de la canción. Siguieron adelante, esquivando la multitud, avanzando a golpes, robando las últimas luces del día, deslizándose por las esquinas, saltando los tejados cuando la ocasión lo requería.

Cayó la noche y, en un momento en que el destino se había dado la vuelta, ella se atrevió a rozar su mano.

«Pide un deseo», dijo él.

«Que sea 1997 otra vez, para conocerte allí», respondió ella.

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Tu nariz

Me gusta tu nariz, me encanta. Creo que hasta me atrevería a decir que es perfecta: ni muy pequeña ni muy grande para tu cara, equilibrada y recta, muy recta. Me gusta tanto que desearía con todas mis fuerzas dibujarla con el dedo índice, despacio, sin prisas, y no detenerme hasta llegar a tu boca. Tienes una sonrisa preciosa también, que me he fijado, sí, aunque no sonrías muy a menudo. Quizá sea una suerte para mí que no lo hagas mucho, porque entonces la habitación empezaría a dar  vueltas y no tendría más remedio que decirte que me llevaras a cualquier parque perdido de Madrid a olvidarnos del mundo. Tú en otro tiempo fuiste un chico malo, un rebelde sin causa, lo sé, lo veo en tus gestos y en tu mirada, aunque los años te hayan ido calmando. Quizá en otra vida yo pueda ser la que te rescate, la que te salve. Quizá en otra vida tú y yo podamos ser como Lucas y Sara, por qué no.

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Ese lunar escondido en tu frente

Más que el camino, yo lo que quería encontrar era la forma, la manera. No estaba perdida, ni mucho menos, pero algo me faltaba. Quizá la rabia, la garra, el empuje, las ganas de dejar de mentirme a mí misma, o quizá no. Nunca me había gustado andarme por las ramas, ni hablar de carne tierna y trémula, ni de palabras que se me quedaran grandes o pequeñas. Necesitaba silencio, o sol, o velocidad, o una mezcla de los tres. La certeza de saberte ajeno a todo lo que pasaba por mi mente me tranquilizaba y me desquiciaba a partes iguales, como ese lunar escondido en tu frente, como esas manos tuyas tan perfectas.

La asepsia de las palabras que me dedicabas me resbalaba porque, más que el camino, yo lo que quería encontrar era la forma, la manera, la técnica; encontrarla, agarrarla bien fuerte, pegar un portazo y luego salir corriendo hasta quedarme sin aliento, hasta caer rodando por alguna ladera y olvidarme del universo vertiginoso hacia el que me arrastrabas cada día, puntual a la cita.

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