Yo también escribo para olvidar
Fanny tenía las piernas más largas y la nariz más pequeña que yo hubiera visto jamás; una boca de fresa -o eso pensó él después de probarla- y cientos de pecas de chocolate en la justa proporción para convertir su cara en un mapa aproximado de la perfección. Fanny podría haber sido modelo de Chanel si hubiera querido.
***
Aquella noche, cuando él se bajó del escenario y se perdió entre la gente, sonaba una canción de The Killers y yo me moría de ganas de acercarme a él, cogerle de la mano, mirarle a los ojos y decirle que nos fugáramos a cualquier parte. Me armé de valor y avancé como pude entre la gente que abarrotaba el local, despacio, dibujando las frases en mi cabeza, respirando hondo. Cuando tuve al señor Keats a un par de palmos de distancia y extendí la mano para tocarle la espalda, entonces, en ese preciso momento, apareció Fanny con su sonrisa de anuncio de televisión, sus pecas y sus piernas infinitas. Yo aún no sabía que ella era Fanny, con todo lo que eso implicaba, pero no pude evitar quedarme cerca para escuchar qué se decían mientras maldecía en silencio mi falta de empuje y mi inseguridad.
- Oye, yo te conozco.
- ¿Sí? Puede ser, no sé. Veo muchas caras todos los fines de semana.
- Seguro que no como la mía.
- Pues…
- ¿A que te he dejado sin palabras? Mira, a ti te han salido los dientes agarrado a una guitarra y yo estoy loca por la música. ¿Tú crees que nos hacen falta más razones?
Maldita Fanny. No necesitó más de dos minutos para estar dentro del coche con él. Desde entonces yo también escribo para olvidar que me llamo Ana.